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(Hazañas de una adicta tecnológica. Parte 1)

(Hazañas de una adicta tecnológica. Parte 2)

Día 3. Bendita nube vs. Qué yuyu.

 

Cuando mi móvil cae en desgracia y mi yo de adicta tecnológica se queda sin razón de ser, mi mundo se inclina desfavorablemente. Aunque vamos viendo que gran parte del drama está solo en mi cabecita.

Una de mis mayores preocupaciones es, sin duda, recuperar todo el contenido de modo apremiante.

Pero no hay manera. Siempre he sido contraria a almacenarlo todo en La Nube, por aquello de Welles y el «Gran Hermano», o el reciente «los-empleados-de-unacompañíaqueNOmencionaré-escuchan-nuestras-conversaciones-para-(coma)según-ellos(coma)-mejorar-su-servicio».

Y es que el colmo de los colmos se da cuando planeas una escapadita al mediterráneo con tus amigas de cachondeo y al llegar a casa y encender en ordenador TODOS Y CADA UNO de los anuncios te ofrecen vuelos y alojamiento baratísimos a las mismas costas de tus sueños. Por eso, evito sincronizar al máximo mis dispositivos.

Lo que me recuerda aquel anuncio de Campofrío (que sí menciono porque, aunque no me patrocinen, el anuncio es buenísimo y sus publicistas se lo han currado).

El «nos escuchan por nuestro bien», nunca acaba bien.

Pero eso significa que, en situaciones poco favorecidas como la mía y mi aventura de desintoxicación tecnológica involuntaria, es un peñazo. Porque lo he perdido prácticamente todo. Salvo, claro está, lo que se ha sincronizado automáticamente.

¿Qué da más yuyu, pues? ¿Que exista la opción de sincronizar todo con La Nube y te vigilen porque les dejas hacerlo, o que NO seamos conscientes de ello? Planteémonoslo.

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Y tras arduas deliberaciones conmigo misma sobre teorías de la conspiración, esta adicta tecnológica se va a descansar.

Hasta el próximo episodio de estas curiosas hazañas 2.0.