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Llevo varios días probando algo nuevo. ¡Voy al trabajo sin maquillaje! Parece una estupidez, ¿verdad? Pero tiene su qué. No es que tenga el hábito de cubrirme la cara totalmente o que sea una persona distinta sin maquillaje, de verdad, soy muy normalita. Solo me aplico una ligera capa que esconde mi color blanco nuclear natural, ya sabéis, estilo fantasmal (uno gracioso como Casper, no en plan Cullen).

Pero quedémonos con la idea de fondo.

Por primera vez en mucho tiempo, me he atrevido a ser yo misma, al descubierto, literalmente al descubierto. Y ¡sorpresa! NO-HA-PASADO-NADA. Clic para tuitear

En serio, nada, la mayoría ni siquiera lo ha notado.

Al principio me tentaba frustrarme, ¡¿es que nadie me mira?! Porque me dedicaba a mirarme a mí misma a través del espejo de otro, a través de la mirada ajena.

Luego me di cuenta de que no se trata de eso, sino de la percepción que cada uno tiene de sí mismo y de lo mucho que proyectamos nuestra confianza en los demás. No quiero que mi autoestima esté ligada a cómo creo que me miran. Porque lo que hace bonitas a las personas está un poco más oculto y es bastante más llamativo (el corazón).

Por lo tanto, no soy menos yo, ni menos atractiva por no maquillarme. Por eso estos días, al mirarme bien a mí misma, me he sentido liberada.

Liberada por deshacerme de un prejuicio infundado, liberada por quitarme de encima una obligación autoimpuesta, liberada por priorizar una mirada limpia sobre mí. Esta mirada me ha destensado hasta el punto de permitirme mirar mejor a los que me rodean. He crecido por dentro.

Y mi rutina ha cambiado. Ahora me miro al espejo y si me apetece me pinto un poco, o un mucho, pero si no quiero hacerlo, no lo hago.

Y sonrío igual.

Y sonrío al mirar al espejo y mirarme a mí misma, que parece de lógica pero no siempre sucede al ver nuestro reflejo.

Y encima sonrío más a los que se cruzan conmigo.

Y colorín, maquillado, este cuento se ha acabado.